El Blériot XI fue una aeronave diseñada por el francés Louis Blériot y uno de los aviones que protagonizaron los primeros años de la aviación chilena. Su importancia no estuvo solamente en ser uno de los primeros aeroplanos que llegaron al país: el modelo participó directamente en varios de los hitos fundacionales de la aviación civil y militar de Chile, y también protagonizó importantes hazañas en el exterior.
En 1912 comenzaron a llegar a Chile varios ejemplares del Blériot XI, convirtiéndose rápidamente en uno de los aviones favoritos de los primeros aviadores nacionales. Para entonces, el avión ya era producido en serie y comenzaban a consolidarse los fundamentos de la fabricación aeronáutica industrial, siguiendo conceptos de producción que posteriormente serían desarrollados a gran escala por figuras como Frederick Taylor y Henry Ford.
Entre los entusiastas nacionales destacaron Luis Alberto Acevedo, David Fuentes Soza y otros ilustres pioneros de la aviación nacional, varios de ellos formados en Francia y familiarizados con este tipo de aeronave.
Acevedo realizó numerosas exhibiciones y vuelos por el país. El 22 de marzo de 1913, durante un vuelo desde San Pedro hacia Chillán y Talcahuano, consiguió una de las primeras grandes marcas internacionales obtenidas por un aviador chileno: alcanzó 3.180 metros de altura y una velocidad de 170 km/h, cifras que el Museo Nacional Aeronáutico y del Espacio identifica como récords latinoamericanos de altura y velocidad.
Para dimensionar la hazaña, hay que recordar que los primeros Blériot XI tenían prestaciones considerablemente menores: dependiendo de la versión y motorización, las cifras de velocidad y techo de servicio eran muy inferiores a las alcanzadas por Acevedo.
Poco después, Acevedo intentaría una hazaña todavía mayor: unir Concepción y Santiago en un vuelo sin escalas. El 13 de abril de 1913 despegó en su Blériot XI, pero el avión perdió altura poco después del despegue y cayó al río Biobío. Acevedo murió en el accidente, convirtiéndose en el primer mártir de la aviación civil chilena.
En el caso del “Viejo” David Fuentes Soza, las hazañas fueron igualmente extraordinarias. A bordo de su Blériot XI-2, un biplaza bautizado “Talcahuano”, realizó numerosos vuelos que hoy pueden parecernos increíbles considerando las características de la máquina.
Entre ellos se encuentra el cruce del Estrecho de Magallanes, desde Punta Arenas hasta Porvenir; posteriormente realizó un vuelo hasta Chiloé y protagonizó uno de los primeros vuelos de transporte de correo aéreo en el sur de Chile, entre la Isla Grande y Puerto Montt. También realizó el célebre vuelo bajo el viaducto del Malleco y efectuó vuelos nocturnos.
Son hitos que, con el paso del tiempo, han quedado muchas veces en el tintero de los historiadores, aburridos estos quizás de nuestro permanente desinterés o nuestra incapacidad para dimensionarlos desde nuestra perspectiva actual. Sin embargo, basta mirar las características del avión para comprender que no se trataba de simples vuelos: eran verdaderas proezas aeronáuticas.
El Blériot XI también tuvo un papel fundamental en el nacimiento de la aviación militar chilena.
El 7 de marzo de 1913, el Capitán Manuel Ávalos Prado efectuó un vuelo de ensayo a bordo de un Blériot Escuela de 35 HP, bautizado “Chile”. La Fuerza Aérea de Chile reconoce este vuelo como el primer vuelo militar realizado en Chile.
Justo es decir que el Cuerpo Aéreo francés había demostrado interés en el avión militar tras el cruce del Canal de la Mancha en el verano de 1909. Los italianos, por su parte, lo emplearon en 1911 para combatir a los turcos. De esta forma, y para el estándar actual, Chile no quedó atrás en la adopción del avión como instrumento de desarrollo nacional y en su incorporación al inventario militar.
El 12 de marzo, Ávalos realizó el primer vuelo militar oficial ante autoridades y público en el aeródromo de Lo Espejo, utilizando otro Blériot, un ejemplar de 50 HP denominado “Manuel Rodríguez”. El vuelo duró 22 minutos y sobrevoló sectores de lo que hoy corresponde a El Bosque, La Cisterna y San Miguel.
El Blériot XI era un avión extremadamente sencillo comparado con los estándares posteriores: un monoplano de estructura ligera, equipado con un solo motor y, en sus primeras versiones, con prestaciones que hoy parecen modestas.
Sin embargo, en Chile se convirtió en una verdadera máquina de pioneros.
Con él se experimentó, se cruzaron grandes distancias, se establecieron récords, nació la aviación militar y se realizaron algunos de los primeros vuelos públicos y postales del país.
Más que un avión, el Blériot XI fue uno de los instrumentos con los que Chile aprendió a volar.
Una pieza de historia que vuelve a volar
Usted puede ver una réplica de un Blériot XI monoplaza en exhibición en el Museo Nacional Aeronáutico y del Espacio (MNAE), institución que además dispone de una entretenida monografía dedicada a esta aeronave que puede ser descargada gratuitamente. Recomiendo sinceramente su lectura a quienes quieran conocer más sobre esta máquina y sobre los primeros años de la aviación chilena.
Pero esta historia tiene además un capítulo que nos toca directamente como comunidad.
El modelo que acompaña este artículo, una réplica de Blériot XI monoplaza, fue donado a un museo que será inaugurado en enero próximo en la Isla de Chiloé, donde formará parte de su exhibición permanente.
Es, en definitiva, un pequeño pedazo de la historia de Chile y, quizás, lo más bonito de esta historia es que un miembro de esta comunidad ha ayudado a reflotarla y a mantenerla viva.
Porque preservar la historia no siempre significa encontrar un avión original. A veces significa reconstruirla, estudiarla, documentarla y conseguir que otros puedan volver a verla.
Y eso también es hacer historia.










